Publicaba el domingo El País un extenso reportaje-entrevista sobre José Luis Rodríguez Zapatero, tal vez buscando transmitir a sus lectores la situación que atraviesa el presidente y poner en contexto las últimas decisiones más polémicas, tratando de mendigar algo de comprensión. Pero más allá del ejercicio de proselitismo que le dedica el periódico global, lo más interesante del artículo me pareció un comentario que hace el barón socialista extremeño, Rodríguez Ibarra, que ilustra perfectamente una de las causas de la actual decadencia política que se vive en España.

Cuenta el ex-presidente de la Junta de Extremadura lo siguiente:

“Eran otros tiempos. Entonces la gente hablaba y decía lo que pensaba en el Comité Federal, porque los representantes territoriales eran elegidos por sus bases, mientras que ahora son delegados del partido que deben su cargo al secretario general; todo se dirige desde Madrid”, asegura Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Al antiguo líder extremeño le preocupa que en las altas instancias del partido se instale el silencio, el hábito acomodaticio de no discutir, no debatir, no llevar la contraria al jefe por aquello de no arruinar las opciones a un buen cargo.

No es la primera vez que un antiguo dirigente político hace declaraciones comprometidas para su partido. Liberados de las disciplinas de los partidos, los otrora miembros de las distintas formaciones políticas suelen mostrar menos cautela, y consecuentemente más sinceridad, una vez cumplidas sus obligaciones. Es en estos mensajes donde podemos encontrar una refrescante honestidad que proporciona puntos de vista menos sumisos a la imagen de partido.

El continuo empobrecimiento de la política en España es un hecho constatable, expresado en su máximo exponente en la carrera a la baja entre Zapatero y Rajoy de cara a las elecciones de 2012, donde alcanzará La Moncloa el candidato menos paupérrimo. Por un lado tenemos a un Zapatero ineficaz, torpe y bisoño que está demostrando una incapacidad manifiesta para dirigir la economía. Por el otro, tenemos a un Rajoy que es incapaz de ejercer la autoridad dentro de su propio partido, lleno de escándalos de corrupción, y obsesionado con alcanzar la presidencia aunque para ello hubiera que hundir su propio país.

El funcionamiento interno de los partidos políticos es una de las causas más acuciantes de esta crisis política que se vive en España. La centralización del poder dentro de los mismos es cada vez más evidente, dejando cada vez menos espacio a la crítica interna y al debate. Así, las ideas y la línea de actuación del partido es cada vez más personalista, dirigida por los comités ejecutivos centrales, dejando al resto de miembros de partido como simples palmeros de sus superiores. Y el que no esté dispuesto a aplaudir, jamás podrá subir escalones.

Según cuenta Rodríguez Ibarra, el PSOE fucionaba de manera muy distinta no hace muchos años. Cada organización territorial del partido era independiente, dirigida por los miembros de cada una de estas denominaciones autonómicas. Y de entre todas estas organizaciones independientes, salía elegido un comité federal (de ahí su nombre) que dirigía el aparato del partido. Así nacieron los famosos “barones“, político de gran influencia que actuaban con casi total libertad de movimiento dado que estaban apuntalados por sus propias bases. Ejemplos claros de estos “barones” los podemos encotrar en Manuel Cháves y su hegemonía andaluza, José Bono en Castilla o el propio Juan Carlos Rodríguez Ibarra en Extremadura.

A día de hoy, la férrea disciplina de los partidos impide las voces disonantes, y se antepone el cierre de filas frente al sano debate interno. Los distinos partidos periféricos del PSOE se han convertido en simples títeres que se mueven según marca el ritmo el comité federal, en lugar de ser completamente al revés. En vez de tener 17 partidos que se organizan, discuten y votan para alcanzar posiciones comunes, el PSOE tiene un aparato de partido que se encarga de pensar por todos y se dedica a disponer sus piezas según convenga en las distintas Autonomías.

También el PP es partidario de este funcionamiento antidemocrático de gobierno interno, donde el dedazo de Aznar designó, como Moisés bajando del monte Sinaí con las tablas de Dios y entregándolas a sus súbditos, a quien debía sucederle al frente del partido y del Gobierno. De esta forma, el resto de afiliados y miembros de Partido Popular no pudieron sino aplaudir y vitorear al nuevo líder de forma unánime en el XIV Congreso del PP en 2003.

¿Es sano este funcionamiento interno? Desde luego que no. Los partidos democráticos deberían ser los primeros en predicar con el ejemplo, y dejar que sean sus miembros y afiliados quienes tomen las riendas en las direcciones de los mismos. Las estructuras cada vez más piramidales, donde el poder se ejerce desde arriba para abajo, favorece que los partidos sean cada vez más homogéneos, más acríticos y más propensos a premiar el amiguismo por encima de la capacidad de sus miembros.

Otro ejemplo muy esclarecedor de la perversidad de esta política la tenemos en la bochornosa disciplina de voto, tanto en el Congreso como en el Senado, donde los miembros se deben ya no a sus ciudadanos, sino a sus superiores dentro de sus partidos. El debate ha dejado de ser útil, ya que las posiciones está prefijadas con anterioridad por los comités de dirección. Estados Unidos puede darnos una lección de democracia, dejando que los miembros de su cámara de representantes voten con entera libertad, donde los debates realmente sirven para convencer unos a otros, y donde cada votación es imprevisible, pudiendo aprobarse o rechazarse mociones si así lo decide la mayoría, independientemente del criterio del Partido Republicano o del Partido Demócrata.

Es necesario que se empiece a regenerar la actual clase política, pero desde luego no podemos pensar en que las generaciones venideras van a cambiar los actuales vicios del funcionamiento interno de los partidos si  han tenido que ascender a través de este sistema. Un sistema que se ha ido pervirtiendo poco a poco desde que Alfoso Guerra pronunciara aquella frase (“El que se mueve no sale en la foto”) que hoy se ha convertido en santo y seña de este tiempo político.

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