Jorge Verstrynge, entonces secretario general de AP, le recuerda como un joven demasiado derechista incluso para aquel partido que aún no había iniciado su viaje al centro. En Memorias de un maldito, (Grijalbo, 1999), Verstrynge cuenta que le cortó el paso como líder de las juventudes con el siguiente argumento: “Le descarté por venir propuesto por los hombres de [Laureano] López Rodó, es decir, por el Opus, así como de un dirigente del partido de Cruz Martínez Esteruelas”.
La pátina progre vino mucho después, cuando la travesía del desierto le obligó a ampliar horizontes y engordar su activo como presidenciable con posibilidades reales de ser elegido. Pero cuando llegó, fue arrolladora: incorporó a su equipo a Alicia Moreno –hija de Núria Espert–, involucró a una de las musas de la izquierda –Ana Belén– en una campaña publicitaria de la Comunidad, tejió complicidades con los nacionalistas cuando su partido les demonizaba, se granjeó amistades muy importantes en medios progresistas –ha bautizado una calle con el nombre de Jesús de Polanco, el fundador ya fallecido de Prisa–, combina elogios al Gran Wyoming –que la derecha equipara casi a Satanás– con querellas contra Federico Jiménez Losantos –el locutor estrella de la emisora de los obispos–. Y encima, casó homosexuales cuando su partido llevaba la ley al Tribunal Constitucional.
Lo más asombroso de esta transmutación es que Gallardón ha hecho todo el viaje sin soltar lastre: mientras la izquierda le jalea, dedica panegíricos a Fraga en el mismo acto en que el ex ministro de Interior de Franco sugiere “colgar” a los nacionalistas, aúpa como alcaldesa en potencia a Ana Botella, piropea a su marido, José María Aznar, y acompaña a su suegro, el ex todopoderoso ministro de Franco José Utrera Molina, a un acto de “desagravio” convocado porque la Diputación de Málaga le ha desposeído del título de Hijo Predilecto. Todo al mismo tiempo y sin ningún coste.
Pere Rusiñol, en Público




