Qué fría es la equidistancia. Se me hiela la sangre cada vez que oigo interpretar la historia de Carlos Palomino como un enfrentamiento entre ‘ultras’ y ‘antisistemas’. De ver cómo mucha gente no quiere saber nada diciendo frases vacías como “los extremos son todos malos” o “al que anda, le sucede” que justificarán su inacción en su conciencia.
Josué Estébanez y Carlos Palomino no eran “lo mismo” con distinto signo. Equiparar a un militar fascista de extrema derecha con un estudiante de 16 años que quería evitar una manifestación xenófoba en un barrio inmigrante es un monumento a la mezquindad.
Quizás los métodos de los “antifascistas” de Madrid no sean los más adecuados, pero su causa es noble. El Gobierno de Madrid ha autorizado por lo menos 6 manifestaciones xenófobas a partidos de extrema derecha en barrios de inmigrantes. Esta escoria ideológica no ha hecho sino fomentar el odio, atacar al colectivo inmigrante y propiciar el enfrentamiento.
Alguien tiene que personalizar la respuesta ciudadana a estos colectivos neo-nazis. Carlos Palomino y sus amigos iban a “luchar” (a su manera) contra el fascismo y la xenofobia. A defender a los que no se podían defender por sí mismos. A intentar reventar una manifestación en contra de personas.
No se puede comparar. No se debe comparar.




