Pero la gente se extraña y con razón de que, siendo colosal el reto, los designados por los partidos sean el deshecho de tienta de la política nacional, a los que se agradece los servicios prestados con un retiro dorado en ese cementerio de elefantes que es el Europarlamento. Con todos los respetos, no es creíble que Europa pueda estar en manos de Agustín Díaz de Mera, el del imaginario informe que vinculaba a ETA con el 11-M, o de Magdalena Álvarez, la reina de los socavones, y si realmente lo está es que a los gobernantes Europa les importa un carajo o que el proyecto es tan sólido que resiste perfectamente que los ciudadanos se vayan al campo a comer tortilla y filetes empanados en vez de echar la papeleta en la urna.
En esta ocasión, además, se espera batir el récord de tortillas. Las previsiones más optimistas estiman en un 40% la participación global en los comicios, más de cinco puntos por debajo del mínimo histórico. ¿Por qué en 1979 votaba el 62% de los ciudadanos europeos y ahora aburre hasta pensarlo? Habrá muchas razones, pero quizás la principal sea la sensación de que Europa se construye al margen de sus ciudadanos y que da igual su opinión porque los burócratas harán lo que les plazca. De esta forma, si franceses y holandeses dicen ‘no’ a la Constitución Europea, Bruselas hace un regate y cuela un tratado; y si los irlandeses se oponen al tratado, se les amenaza con un referéndum permanente hasta que, por agotamiento, digan que sí. Todo sea por la causa.
El caso es que a esos abstencionistas que somos los europeos nos importa Europa bastante más que los políticos que se envuelven en la bandera azul de las estrellitas y cantan el himno de la alegría o, cuando menos, lo tararean. Lo ha demostrado un estudio que ha realizado la Fundación para la Innovación Política Pública entre 15.130 continentales y que ha publicado el diario Le Figaro. Los resultados no dejan lugar a dudas: un 56% cree una suerte la pertenencia a un club como la Unión, y simultáneamente, un 53% opina que las elecciones del 7 de junio se la traen al pairo.
Juan Carlos Escudier, en El Confidencial




