Uno de los factores más reseñados tras las últimas elecciones europeas ha sido la capacidad del PP para mantener todos y cada uno de los votos que tenía antes de destaparse varios casos de corrupción, en especial el “caso Gürtel“. Dicha red de corrupción, que afecta a la Dirección General del PP, y que presuntamente está en funcionamiento desde el Gobierno de Aznar, ha tenido una especial virulencia en Madrid y Valencia, dos Comunidades que se han alzado como bastión inexorable del partido de Mariano Rajoy.
Precisamente es en Madrid y Valencia donde los votantes populares han puesto más empeño en apoyar y enarbolar sus papeleta populares. Esto es un ejercicio de absoluto adoctrinamiento y acriticidad. Más allá de las razones de posicionamiento político, la conciencia debería haber abstenido a un porcentaje más o menos amplio de votante populares. No es una cuestión de transvase de votos o de corrimientos de tierra, sino de absentismo por razones éticas. De retirar la confianza en esas personas que han abusado de sus posiciones públicas para lucrarse ilegalmente. De castigar el traicionamiento de la confianza depositada en esas listas.
Esta falta de moralidad tiene una consecuencia devastadora: el enrocamiento del electorado del PP fuerza a la otra gran masa electoral, la del PSOE que presenta un rechazo mayoritario al PP por razones ideológicas y morales, a taparse la nariz y aguantar lo que le echen en pos de la opción menos mala. Elegir entre Guatemala y Guatepeor, dado que Guatapeor siempre va a recibir un apoyo fijo.
Sólo hay un beneficiado por esta reyerta a cuchilladas entre los electores socialistas y populares: la clase política. La clase política recibe un cheque en blanco a cambio de ser la opción menos mala para sus electores. Zapatero y Rajoy sólo tienen que agitar el fantasma de su adversario para sobreseír cualquier escándalo, tropelía o despropósito.
Entre las víctimas de esta consecuencia nefasta del bipartidismo está la calidad democrática. Un arropamiento incondicional de nuestra clase política no hace sino pudrir el espíritu de la democracia y los valores de un Estado libre. Una masa electoral totalmente acrítica lleva al sistema democrático al borde de un sistema totalitario, donde una clase oligarca pastorea a un pueblo que deja mangonear.
Somos presos de la opción menos mala.
Por eso los votantes de Madrid y Valencia prefieren un PP corrupto a un PSOE por corromper. Es la opción menos mala.Y así, vamos caminando hacia una democracia bajo mínimos.




