Colombia, como Dorian Grey, no quiere mirarse al espejo porque la lista de desaguisados que amojonan el segundo mandato presidencial, haría sonrojar hasta a un dictador. Enumerarlos es como una visita al museo de los horrores: más de medio centenar de diputados uribistas procesados o en la cárcel, la mayoría por conexiones con los paramilitares; espionaje telefónico del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad) sobre todo el que se mueva; compra de votos a la vista del público para cambiar la Constitución; adjudicación de notarías a cambio de apoyo parlamentario; legitimación del transfuguismo masivo, como ocurrió en la aprobación de la ley del referéndum ya citado, sobre el que el Ejecutivo estudia la reforma del censo para que la cifra de siete millones y pico de votantes, mínimo exigible para que valga la consulta y que son la cuarta parte del electorado, quede en poco más de cuatro millones, con lo que a Uribe le bastarían dos para ser candidato; el caso más egregio de todos, los dos mil y pico falsos positivos -eufemismo por asesinato- de otros tantos campesinos perpetrados por el Ejército para hacerlos pasar por guerrilleros, sobre los que Uribe no reconoce responsabilidad ni conocimiento. Y la última bofetada, la certificación estadounidense de que Colombia coopera en la lucha contra la droga -especialmente, cediendo el uso de siete bases a Estados Unidos- cuyo texto está concebido en lenguaje de potencia protectora a tribu protegida. Washington afirma, entre otros descaros, que “facilitará el diálogo entre el Gobierno colombiano y los cuerpos sociales”, dando por sentado que Bogotá necesita que la estimulen. Y nadie protesta.

Pero esa letanía no parece contar para lo que se llama en Colombia opinión pública que, en realidad, se reduce a poco más de un tercio de 44 o 45 millones de habitantes, que son los que votan, los que tienen voz, y a los que el presidente tiene convencidos, seducidos, o simplemente, favorecidos por su mandato. Sobre esa base el uribismo gubernamental ha incluso teorizado. Esa masa constituye un Estado de Opinión, superior incluso al Estado de Derecho, y sobre el que voces áulicas se apoyan para decir que si el pueblo lo quiere no puede haber inconveniencia legal que se interponga.

M. Á. Bastenier, en El País

Curioso como a veces El País se saca la cabeza de sus posaderas y muestra a sus lectores algo más que la ecuación “Eje bolivariano = mal”.

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Roberto
27 Oct 09

No veo inconsistencias éticas profundas, el desacuerdo de algunos o podría decirse muchos colombianos, esta presente, sin embargo las explicaciones que da sin medir palabras sobre los delitos del ejecutivo, tienen una carga relacional con los supuestos, y noticias antiguas, bien podemos deducir que el ejecutivo maneja los tres poderes, convirtiéndose en un estado sin contrapesos, dentro de un posible maquillado dictatorial, dentro de un estado de derecho, sin embargo es diferente suponer a afirmar sin pruebas, una acusación de esta índole es una falta de idealización de lo mencionado por Miguel Ángel Bastenier.
En este sentido la corroboración de los hechos debe darse con pruebas y no solo con acusaciones de la opinión publica, sumándole a esto que se mete con la conciencia electoral del pueblo colombiano, afirmando que el pueblo no se quiere dar cuenta de que esta en un error, que propiedad moral y ética tiene un extranjero para afirmar que el colombiano no es parte de su historia y sobre todo de su historia reciente, es poco ético afirmar que como Darían Gray los colombianos no queremos vernos al espejo, y no es que defienda al presidente Álvaro Uribe pero si aclaro que la imagen que los colombianos veíamos antes no solo esta enmarcada por falsos positivos, PARA, NARCO o FARC política sino por la guerra latente de la década de los 80 y 90 el retrato nunca a sido bello esas comparaciones están fuera de lugar y moralmente constituyen un insulto hacia el pueblo colombiano conocemos nuestra historia reciente y tal ves por eso es que, esa gran cantidad de colombianos, quieren seguir mirándose al espejo de la seguridad democrática. No defiendo las acciones si son comprobadas sustento mis afirmaciones en el conocimiento global de la inmersión natural como pueblo y el libre sufragio y decisión de un pueblo que más que conocer su historia la ha vivido en carne y huesos.
Además, acusaciones e intromisiones de las decisiones de política internacional que Colombia haga con sus aliados, son netamente decisiones soberanas que por supuesto, se deben llevar con cautela, pero porque juzgan la decisión ante la opinión publica, por no ser aliados, de otro país que no sea potencia, estas acusaciones de calificar un país como tribu, darle calificativo arcaica y desfigurar el concepto de estado en la cual esta basada, considerando lo anterior creo que el juicio y la posición política de este periodista son la que alimenta su articulo, jugando al defensor de una izquierda contra una derecha, parte poco ética del ejercicio periodístico.

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