La gestión del secuestro de un barco como el Alakrana es difícil. Difícil porque el elenco de calificativos en lo que se moverá la opinión pública irá desde el mal hasta el peor, sin que en ningún caso quepa la posibilidad de acabar con una solución satisfactoria.
Sólo hay que echar un vistazo a los torcidos orígenes del problema para darse cuenta de que es imposible que exista una solución limpia para todo este embrollo político-mediático. Para empezar es de cabeza el exigir responsabilidades a un atunero que se encontraba faenando a cientos de millas de la zona establecida como segura. Por poner una analogía, es como si yo me voy a Brasil, me metros en los suburbios más turbios que encuentro en las ciudades más dejadas de la mano de Dios, me secuestran y encima pido responsabilidades al Gobierno porque me han secuestrado. ¿Alguien lo entendería?
Por otra parte, el Gobierno, dentro de la delicadeza que exigen estos temas, ha actuado como un elefante en un cacharrería, con descoordinación, falta de confianza y menos sensibilidad. Ya son demasiados años viendo el funcionamiento real de la justicia y su subordinación a los intereses de la política como para que ahora intenten vendernos la moto de que no saben de qué estamos hablando. La detención (fíjese el lector en lo curioso de los términos: si lo hacen piratas sin autoridad para ello es un secuestro, si lo hace un Gobierno sin autoridad para ello, es una detención) de los dos piratas somalíes fue un paso torpe con alevosía.
Pero el barro nunca hubiera salpicado tan alto de no ser por nuestros queridos medios de comunicación. Les ha faltado tiempo a los tres periódicos de cabeza de la derecha española para empezar a dar garrotazos al Gobierno a base de titulares amarillistas, sensacionalistas y desestabilizadores, sembrando la alarma, la confusión y una indignación inducida entre la ciudadanía. Claro, tampoco sería de recibo pedir algo de responsabilidad a alguien que nunca ha dudado en hacer uso de las más rastreras técnicas de periodismo con tal de arañar unos cuantos votos para su partido.
¿Y ahora, qué? Esa es la pregunta que muchos nos hacemos. Para empezar, anunciar que cualquiera que faene en aguas declaradas como peligrosas lo hará por su propia cuenta y riesgo. De la misma forma que no se puede poner un policía en la puerta de toda joyería privada en España no se pueden mandar tropas españolas a proteger pesqueros privados.
A partir de ahí, podemos hablar de la rentabilidad (o no) de la pesca del atún en aguas somalíes.
Actualización: Un ejemplo de los desmanes de la prensa durante todo el secuestro (vía Menéame)




