Y no dejará de sorprenderse ante la orweliana reescritura de su propia historia. “No se contrasta con la hemeroteca”, argumentaba en la propia fiesta de aniversario el eximio Jiménez Losantos para destacar los males del periodismo actual. Díaz Herrera lo hace profusamente. “No hay derechos humanos a la hora de cazar al tigre. Al tigre se le busca, se le acecha, se le acosa, se le coge y, si hace falta, se le mata. Podrán caer cincuenta etarras en combate y las manos de España continuarán limpias de sangre humana (…) A los policías que disparen contra ellos se les recibirá como valientes”, destacaba el editorial de Diario 16 dirigido por Ramírez el 23 de marzo de 1981. “La lucha contra ETA debe practicarse como una campaña de desratización, aplicando una serie de técnicas tan viejas como la historia misma del mundo. O acabamos con la plaga o la plaga acabará con aquello en cuanto creemos”, insistía editorialmente el 15 de abril de ese mismo año. El hombre que lleva siempre colgada de su pechera la medalla de haber combatido los GAL fue uno de los que con más fuerza instigó la guerra sucia.
Ramírez es un péndulo. El baluarte de la unidad de España, vigía infatigable de los supuestos intentos del Gobierno de Zapatero por romperla, escribía esto en 1996 en las páginas de El Mundo del País Vasco: “No somos un periódico independentista, pero defendemos el inalienable derecho de autodeterminación de los pueblos y nada tendríamos que oponer si limpia y democráticamente el País Vasco optara un día por la separación del resto de España”. El gran detractor de las negociaciones del Gobierno con ETA añadía más adelante lo siguiente: “Yo mismo firmé no hace mucho un artículo titulado ‘Un noruego para ETA’, proponiendo una vía de negociación tan secreta y remota como la que Israel y la OLP desarrollaron en Oslo”. Vivir para ver.
Juan Carlos Escudier, en El Confidencial. Qué elegante es desmontar a Pedro J. Ramírez sin hacer mención al barrizal en el que se metió (y sigue) con sus conspiranoias tras el 11-M.




