Sin haber despertado excesivo revuelo mediático, mañana se votará en el Parlament de Catalunya si se debe abrir el debate sobre la prohibición de la llamada Fiesta Nacional (aténgase a las mayúsculas) en todo el territorio catalán.
Es necesario remarcar, primeramente, que la iniciativa ciudadana que mañana se vota no se decide entre prohibir las corridas de toros o no, sino entre si el Parlament debe debatirlo o no. Cortar el debate de raíz me parece una práctica bastante poco razonable, sobre todo teniendo en cuenta que si no se debate ya hay una opción ganadora: la de seguir con la práctica en cuestión.
Muchos de los (mal) llamados taurinos están muy nerviosos. En situaciones normales no entendería el porqué, dado que si alguien es partidario de una opción es de suponer que tendrá un razonamiento y unos argumentos sobre los que mantiene su postura. Sin embargo esto es suponer demasiado. Creo que el debate se antoja muy desequilibrado, sobre todo teniendo en cuenta los concienzudos, elaborados y razonables argumentos que nos ofrecen el sector pro-taurino.
La única baza que les queda para defender su tradición es la perversión del lenguaje. Convertir el debate en un tosco juego de palabras, donde la épica rimbombante se sobreponga a la razón. La “dignidad del toro”, el “arte del toreo”, la “tradición centenaria”, la “bravura de los astados”, la “lucha a iguales”… y toda un serie de tópicos, tan rancios como asentados dentro de este curioso mundo paralelo a la realidad.
La clave del debate es el respeto. Y lo que debatimos es quién tiene que respetar a quién. ¿Debemos respetar la libertad de un colectivos de personas para torturar pública, deshumanizada y cruelmente a los toros, y para su posterior ejecución bárbara para regocijo y gloria del ego del torero de turno?
Nadie pone en cuestión que deba haber leyes de protección de animales. Sin embargo el colectivo pro-taurino se echa las manos a la cabeza cuando ve que esas leyes pueden afectar a sus intereses (afición por la tradición para los más inocentes, negocio mafioso y opaco para los más afectados) y pretenden que la ley bordee sibilinamente los derechos de los toros. ¿Las peleas de perros son inhumanas pero la tauromaquia no? La coherencia, ese gran daño colateral de la guerra entre intereses y valores.
Además hay otro factor, al margen de arte y tradición, que juega un papel muy importante dentro de la presión mediática que se va a desatar a partir de ahora: el componente Nacional. Dentro de esa patria imaginaria, donde todos los españoles están orgullosos de pertenecer a la rojigualda (¡qué sabrá Cela sobre colores!), existe ese punto de unión “cultural” en torno a la Fiesta Nacional, punta de lanza del carácter español. El toro de Osborne tiene, no podemos negarlo, un punto político demasiado marcado.
Sin embargo no debemos hacerle ese favor a los taurinos: esto no es un debate entre nacionalismos. Ni entre izquierda y derecha. Ni tan siquiera entre fachas y progres. Es un debate entre personas civilizadas y bárbaros que se amparan en la tradición. Entre el sentido común y entre irracionalidad.
Algunas voces reclaman que no se puede prohibir a base de legislación una fiesta que debería caer por su propio peso. Pero lo que no dicen es que este debate se ha iniciado debido a una iniciativa popular que ha presentado más de 180.000 firmas, cuando sólo necesitaban 50.000. Y que ahora son los representantes de toda la ciudadanía quienes van a defender sus posiciones.
El único debate que hace daño es el que no se hace.
PS. Y si toda la argumentación pro-taurina falla, siempre podemos echar mano del comodín de los think-tank de la derecha: “Estamos ante la posible inauguración de una peligrosísima deriva hacia el pensamiento único. Hoy son los toros, y mañana, ¿qué pretenderemos prohibir?”. De verdad, piénselo dos veces.




