Es sobrecogedor ver que, casi 70 años después, los principios de Joseph Goebbels sobre la propaganda del régimen nacionalsocialista se siguen empleando con resultados asombrosamente exitosos.
El grueso de la prensa española manipula la información, a veces casi de manera subliminal, para tratar de mover el centro de gravedad de la ideología pública. Esto es una realidad comprobada y palpable. Sin embargo se trata de un mal endémico de la profesión periodística. Las líneas editoriales no pueden evitar la tentación, casi infantil, que supone el tener un arma tan poderosa como es un altavoz mediático sin réplica.
Sin embargo no todos lo medios emplean por igual ese poder. Medios como El País o XLSemanal barren para casa, como todo hijo de vecino. Sus informaciones se ven condicionadas por la ideología de sus direcciones, por los intereses empresariales del medio (especialmente El País en sudamérica) o por motivos que se escapan a nuestro conocimiento.
Por el contrario, otros medios emplean su poder para generar odio. Cuando se intenta crear un Estado de opinión, es muy importante crear un enemigo común. Medios como ABC (con su nueva dirección), La Razón (en menor medida en este caso) y, especialmente, El Mundo han encontrado un enemigo en quien focalizar todo el odio que crea piña común entre las filas de sus acólitos: Catalunya. En momentos puntuales se puede apoyar en Euskadi (ahora, domesticado, no es tan habitual) o Galicia.
Uno por uno, estos medios emplean todos los principios de Goebbels, desde la simplificación más absurda hasta la repetición incansable de ideas.
Especialmente escandaloso fue el episodio de la semana pasada y su particular aplicación del Principio de la Vulgaricación: “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar”. El Mundo abría su edición del domingo con un impactante titular: “Cataluña camino de prohibir los toros para alejarse de España”.
Quizás lo más triste sea que, después de todo, esta burda propaganda funciona.
Una encuesta que hoy publica El Periódico muestra resultados sorprendentes. “¿En Catalunya se discrimina a las personas que hablan castellano?”. Entre los catalanes la respuesta es clara: el 81,4% de los encuestados responde que no. Sin embargo, un 50,6% del resto de España responde mayoritariamente que sí, frente a un minoritario 35,9% que no lo cree así. Por si acaso alguien se lo está preguntando, existía la cómoda opción de optar por un “No sé/No contesto”, por la que se han decantado un escaso 13,5% de los encuestados.
¿Cómo es posible que el conjunto de la ciudadanía tenga una opinión tan diferente de quienes realmente viven allá? La respuesta es clara: tantos años de machacona propaganda anti-catalanista están por fin calando.
No sé si le rentabilizará esta alocada, esquizofrénica y retorcida campaña de odio contra Catalunya, pero lo que sí es claro es que tarde o temprano se verán las consecuencias. La más inmediata es el avance imparable del independentismo catalán, que está ya prácticamente igualado al unionismo español.
A la larga, no sé qué consecuencias puede acarrear esta política de enfrentamiento y crispación. Pero no creo que sean buenas.




