Seamos sinceros: el Partido Popular sabía desde hace mucho tiempo que el tema de la inmigración era un tema muy agradecido. Basta con soplar ligeramente una chispa en la yesca para que se cree una hoguera enorme de la que después no hace falta responder dado lo nimio del gesto inicial. Sin embargo no se había atrevido a empezar con ello porque hasta ahora ha tenido otros temas más jugosos de explotar, destacando la política antiterrorista y la crisis económica.
Pero oiga, esto de la crisis económica ya aburre a la ciudadanía. Cuando las críticas son siempre las mismas, se acaban convirtiendo en un ronroneo de fondo que el ciudadano medio deja de percibir y es entonces cuando empieza a montarse la película de que el partido de la oposición no está haciendo nada.
Así se ha puesto el partido de Mariano Rajoy en marcha, auspiciado por el mezquino movimiento del ayuntamiento de Vic, donde el miedo a un grupo de extrema derecha ha llevado a los partidos en la alcaldía a negar el empadronamiento de los inmigrantes indocumentados, negándoles así la posibilidad de acceder a sanidad, educación o vivienda, entre otros horrores. Esto debe ser la solidaridad católica que tanto aplauden desde las filas del PP.
“Si en una casa con diez personas llegan cien más, no estarían bien ni los diez ni los cien” nos explicaba Alicia Sánchez-Camacho, líder del PP catalán. Y esta es la impresión que quiere trasladar a la ciudadanía: España está invadida por inmigrantes que copan nuestros puestos de trabajo y colapsan nuestra siempre bien ponderada Seguridad Social. Sin embargo algo falla en las cuentas de Alicia. ¿Quiere decir que a un país donde estamos 46 millones de habitantes podrían llegar 460 millones de inmigrantes?
Ignacio Escolar ha hecho los cálculos de cuál es la situación en la realidad: “Si contamos sólo a los que no tienen papeles, que son los que en teoría ‘no caben’, estaríamos hablando de unas 200.000 personas en toda España: el 0,4% de toda la población. Por llevarlo a la maravillosa casa de Alicia: sería un edificio donde viven 250 vecinos y llega uno más“.
¿Y eso es todo? Pues parece ser que sí. Parece ser que las profecías apocalípticas que predicaban que íbamos acabar viajando abarrotando trenes hasta en la chimenea como en la India, se va a quedar un simple inmigrante viajando al lado nuestra en el autobús. Pero, como diría aquel, miente, que algo queda.
Mariano Rajoy, como decía en un principio, lo sabía. Lo sabía mucho antes de soplar esa leve llama que se había prendido en Vic. Pero las encuestas mandan, y los espectáculos pirotécnicos son siempre muy agradecidos. Por eso desde que todo este asunto, tan instrumentalizado como peligroso, ha salido a la palestra, el supuesto líder del PP no ha parado de hacer malabares y piruetas para seguir siendo la pista central de este espectáculo bochornoso.
“Con que simplemente los derechos de sanidad y educación no los garantizara el padrón sino que se garantizaran por el mero hecho de ser seres humanos sin ningún documento ya nos podríamos ahorrar muchos problemas” justifica el gallego, llamando a los partidos a llevar a las Cortes una ley que impida que los inmigrantes ilegales se puedan empadronar en los ayuntamientos. Y no es que Rajoy sea un demagogo, qué va. Es que Rajoy es un filántropo, ¿de qué mejor forma se puede garantizar sino que la Sanidad y la Educación española abastezca a los 6.700 millones de “seres humanos” que hay actualmente en el mundo?
Volviendo a la seriedad, el debate sobre la inmigración, en un momento en el que la inmigración está ya bajando dada la situación económica, es completamente ajeno a los intereses generales. Pero, ¿quién ha dicho que toda esta polémica sea por el interés de los ciudadanos? Esto es, más bien, revolver el río por el interés de los pescadores.
De los pescadores de Génova, por supuesto.
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Antonio Orejudo escribe un interesante artículo titulado “Xenofobia: hágala usted mismo”, eclipsado por lo comentarios estelares de personas con un hábil manejo del “Yo no soy racista, pero…”




