Sobre la absoluta falta de garantías procesales en España ya sabíamos un rato, tan sólo hace falta seguir con un mínimo de interés el trajín que se traen con la izquierda abertzale de unos años a esta parte. Pero de lo que no había tanta constancia era de la falta de educación que se traen los magistrados en el ejercicio de sus funciones.

La jueza que está juzgando a Arnaldo Otegi, Ángela Murillo no tuvo el menor reparo en perder las formas, la postura y hasta la vergüenza saliéndose del procedimiento del juicio para despachar, sin el menor atisbo de lógica jurídica, el siguiente diálogo, no sin antes avisarle de que tiene libertad para contestar o no:

Juez: “¿Usted condena rotundamente la violencia?”
Otegi: “No voy a contestar”
Juez: “Muy bien, ya lo sabía”
Otegi: “Yo también sabía que lo iba a preguntar”

Lógica jurídica, la verdad, no tiene mucha. Pero lo que sí tiene es lógica mediática. Los medios de comunicación han obtenido lo que buscaban: un titular atractivo que publicar, aunque el amarillismo apeste a varios kilómetros a la redonda.

La chulería, la prepotencia y la desgana con la que se expresaba Ángela Murillo no ha dejado indiferente ni a los redactores de El Mundo:

Este miércoles, la abogada de Otegi, Jone Goirizelaia, denunció ante el tribunal que un agente no permitía a su cliente, en huelga de hambre, beber agua. “¿Puede tomar agua?”, preguntó la letrada. “¡Cómo si toma vino!”, replicó la juez Murillo.

Hoy, ha sido a colación de una traducción, cuando la magistrada ha vuelto a hacer uso de su lenguaje ‘cheli’. Ante la proyección de un vídeo del discurso de Otegi en el homenaje al etarra José María Sagarduy y las quejas de las acusaciones populares por la traducción de éste (en vasco), la juez interrumpió el juicio y espetó: “Es evidente que la Sala no ha entendido ni papa”. [...]

Esta mañana también ha hecho gala de su fuerte carácter. Tras la protesta de las defensas por la traducción realizada por la intérprete, ésta pidió “perdón” a los abogados por su error, a lo que la juez no dudó en señalar: “Usted no tiene por qué pedirle perdón a nadie”.

A mí, puestos a lanzar preguntas gratuitas, también me gustaría preguntárselo: Y usted, magistrada, ¿condena la tortura?

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