Una de las características que más llama la atención del Gobierno de Sarkozy es que no tiene el más mínimo sentido del ridículo cuando se pone a desatar la caja del chovinismo, que por cierto saca a paser cada poco tiempo, empezando por el nombre del minsterio que regenta Eric Besson, “Inmigración e Identidad Cultural”. Es entrar la tricolor en escena y montarse una escena propia de la comedia británica (o francesa, si nos ponemos tiquismiquis) en la que lo único que falta es la característica música de Benny Hill de fondo.
Hoy ha anunciado varias medidas, para intentar divulgar por la vía oficial las propias visiones nacionalistas de cómo ser un buen ciudadano francés y qué se debe hacer para así acreditarlo.
Para empezar, ¿cuáles son las esencias de ser un buen francés? Esto es algo que un grupo de “sabios” e “historiadores” (sic) lleva meses discutiendo, con la inestimable participación ciudadana a través de internet. Nietzche estaría orgulloso de que sus teorías del “superhombre” sigan marcando, aunque sea de forma gaulleana, los verdaderos valores de los hombres. Por si todo esto ya suena de por sí poco estrafalario, añadan un contrato sobre francesidad en el cóctel para ver hasta dónde llega la falta total de seriedad de todo el asunto.
Porque esto nos lleva a otro de los puntos calientes en Francia: la inmigración. Los inmigrantes van a verse obligados a firmar un contrato donde se comprometan a respetar las leyes, a integrase y a asimilar las costumbres francesas, entre otros no menos variopintos requisitos.
¿Esto significa que yo, ciudadano francés que no ha firmado el contrato, no tengo obligación de cumplir las leyes, aun siendo estas de obligado cumplimiento? ¿Qué sentido tiene un contrato que ate a ello? ¿Por qué sólo lo tienen que firmar los inmigrantes, y no, por ejemplo, los franceses al alcanzar una edad, digamos, razonable?
Por el respeto y la asimilación de las costumbre e identidad nacional francesa entiendo que los inmigrantes se comprometan a que les guste el vino, que brinden siempre con champán (Dom Pérignon, bien sûr) y que apoyen al equipo nacional francés en el Seis Naciones.
Esto es, en vez de enriquecerse con el crisol de culturas que presentan las personas, en vez de intentar facilitar una convivencia armónica basada en el respeto y la diversidad, el Gobierno de Sarkozy pretende dividir a los ciudadanos en dos: los que sacan a relucir el orgullo patrio con su nuevo y flamante “Carnet Ciudadano”, con el que piensa motivar a los jóvenes a ser más papistas que el Papa, y los que no se “integran”, eufemismo para decir que no “claudican” ante la supremacía, a partir de ahora oficial, de la cultura francesa.
Los jóvenes parecen ser el objetivo prioritario de la transmisión forzosa y oficial de ese chovinismo anacrónico que apesta a rancio. Desde poner la bandera en todos los institutos hasta cantar una vez por año “La Marsellesa”. Por si algo se lo está preguntando, sí, seguimos en 2010, no hemos retrocedido en el tiempo hasta los años 50. Aunque lo parezca.
Las apuestas empiezan a sonar ahora para ver quién acierta en cuánto tardan los aspirantes a chovinistas españoles en aplaudir y empezar a pedir un modelo semejante en España. Hace unos años Mariano Rajoy presentó como una de sus principales bazas electorales la idea del “contrato” para los inmigrantes (una idea esencialmente discriminante, vestida de legalidad) inspirado en la declaración de intenciones anterior del propio Sarkozy.
¿Por qué no se preocupan tanto de que los inmigrantes puedan acceder a los bienes y sevicios del Estado en igualdad de condiciones que los nacionales? ¿Porqué no se lucha tan activamente en contra de la discriminación laboral? ¿Dónde está el Gobierno de Sarkozy cuando se forman guetos de inmigrantes sin recursos viviendo casi en la miseria alrededor de París?
Liberté, égalité, fraternité suena muy bien. Pero eso sí, en francés.




