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  • La Ramera » Gracias Paul. Creo que lo que más me molesta de todo es que da la sensación de que el Gobierno ha...
  • Paul » Me ha parecido muy interesante tu reflexión. Destacar lo negativo, como han hecho muchos partidos y...
  • Javier Madrazo Lavín » Confío en que esta operación policial incentive la reflexión abierta en ETA y sus...
  • mari pili » no lo pienses es verdad que se va la luz y es chinbo
  • maria cristina » mas chinvo es que se va la lus i por eso no puedoacer la tarea
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Helen Thomas, de 89 años, llevaba más de medio siglo cubriendo la información de la Casa Blanca en Washington para el grupo Hearst. Desde hacía décadas se sentaba en primera fila de la sala de prensa. El propio presidente norteamericano, Barack Obama, dijo sentirse honrado cuando le dirigió la primera pregunta.

Ayer se vio forzada a jubilarse. La presión que ha sufrido su grupo le ha obligado a retirarse de la vida periodística. ¿El motivo? Unas declaraciones del pasado día 27, calificadas como “antisemitas”, cuando dijo que los judíos “deberían largarse cagando leches de Palestina“.

Vamos a dejar las cosas claras: el antisemitismo ha existido. La hostilidad hacia el pueblo judío no ha sido producto de la imaginación de los historiadores, ni de la prensa de la época, ni tan siquiera de los “lobbys” sionistas. Lo ocurrido durante la II Guerra Mundial fue el colofón a una larga historia de odio racial hacia un pueblo sin tierra que tradicionalmente ha sido el blanco de las iras de muchos de los ciudadanos con los que compartían patria.

En la actualidad, sin embargo, las cosas han cambiado. Pese a que puedan seguir existiendo grupos minoritarios de odio racial hacia el pueblo judío, tales como los grupos de extrema derecha surgidos en Estados Unidos o Europa, la inmensa mayoría de estas sociedades toleran y coexisten pacíficamente con la comunidad judía. El antisemitismo es un fenómeno minoritario, y en cualquier caso, lejos de poder considerarse significativo.

En España, sin ir más lejos, donde los judíos fueros expulsado por los Reyes Católicos en 1492, apenas viven hoy unos 15.000 ciudadanos de origen hebreo. ¿Cómo se puede mantener que existe un odio racial o religioso generalizado hacia una comunidad que apenas supone un 0.03% de la población?

Antisemita. Qué palabra. Me pregunto cuántas veces la habré oído mencionar durante la última semana. Es curioso que el debate sobre el antisemitismo se abra cada vez que el Estado de Israel agrede a otros países, utiliza armas específicamente prohibidas por las leyes internacionales contra población civil o asalta militarmente barcos extranjeros en aguas internacionales con consecuencias fatales.

Los partidarios más acérrimos de la desquiciada política internacional de Israel están tratando de mover el centro de gravedad del debate hacia terrenos que les sean favorables, donde se pueda desacreditar a los críticos incluyendo una connotación ficticia a sus palabras. Por eso cada vez que alguien alza la voz contra Israel aparece la palabra “antisemita”.

¿Acaso hay motivos religiosos, culturales o raciales en el odio que se empieza a dejar sentir en contra del Estado de Israel? No. Este odio viene derivado de las acciones que emprende el legítimo Gobierno israelí, elegido democráticamente por su pueblo y del que es responsable. Es la sociedad de Israel quien debe responsabilizarse y asumir las críticas legítimas que gran parte del resto del mundo le está dedicando. Intentar deslegitimar estas críticas achacándoles motivos racistas o xenófobos no se sostiene por ninguna parte.

Las críticas a Rusia por su política en Chechenia no son raciales. Las críticas a Turquía por su política en Kurdistán no son religiosas. Las críticas a Estados Unidos por su política en Oriente Medio no son xenófobas. Por intentar sentar una analogía, podríamos trasladar el ejemplo de actual caso al Sáhara Occidental y Marruecos. ¿Cuántas veces se ha saltado Marruecos la legalidad internacional o los Derechos Humanos en los territorios saharauis? ¿Y cuántas veces hemos oído tachar las protestas que recriminan estos actos de “antimarroquíes”?

La perversión del lenguaje no puede seguir siendo un cortafuegos para justificar, amparar o sostener cualquier agresión israelí fuera y dentro de sus fronteras. Unas fronteras que, por cierto, se siguen expandiendo día a día a golpe de incursión militar, excavadoras escoltadas e impunidad internacional

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